

XXXIV
El miedo
a mezclar mi voz con los andrajos de las vestiduras,
con los días amargos y dolientes
que asesinan a los gritos atestados de calles,
de individuos.
El temor, a los días extensos, extenuados,
largos lagos de sangre
vestigios de guerras inconclusas.
Aquí
el humo es un aliento destetado
que no sabe, que no impera
entre las vociferantes voces de la muerte,
entre los dueños del aire
que esperan ver pasar el tiempo
y se sientan y se paran
y atisban al horizonte
esperando encontrarse a sí mismos.
¡No!
no quiero mezclar mi voz en esas calles
victimas del tráfico de artificiales sueños,
asesinas de cantos inocentes
y opresoras de la libertad.
Guardo mi voz para incendiar el viento
el día que no impere el silencio colectivo,
y que cada quien ofrezca sus manos
sin vanidad , sin presencia;
sin esa carga de inyección letal
que mal llamamos “medios
de comunicación masiva”.
J. Francisco Moreno M.
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Hay otros
Que, bajo el negro silencio
han dejado crecer en las rosas
la oscuridad de sus miradas,
otros
cuyos rostros no existen en los espejos
y tratan de volver
a donde no han partido.
Hay algunos
cuya sangre es negra como el petróleo
y su piel de blancas plumas
esconde las verdes y camufladas escamas
de la perdición de su alma.
Pablo Ríos.
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Grito
Yo tenia callado mi rostro,
entretejido en estelas locales;
entre vándalos, espejismos hirientes
y lunas marchitas.
Era el límite de la misericordia,
un estertor en la radio
que agonizaba prudente
entre bocanadas de intenciones
y de sombras, ocultas tras la luz.
Pero decidí cambiarlo;
enverdecer el paisaje
y buscar un camino intransitado,
silente;
sin el yugo engañoso del materialismo.
Hasta alcanzar al cielo,
¡Al viento vibrante de los trinos liberados
cuando termina la noche!
¡Polvo cósmico!
¡Sé cual es mi destino!
De gaviotas desnudas
y blancas melancolías.
De ausencia.
Pero vuelvo,
porque no estoy convencido
de la muerte con máscara.
Ni de la amplitud sin superficie.
He buscado por doquiera
la vida amable y el perdón de Dios
y el salto suicida de los cuatro vientos.
Pero nadie quiso,
nadie pudo ayudarme,
a callar mi rostro
J. Francisco Moreno M.
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Sin embargo
Sin embargo la tierra
no olvidará a nadie.
No olvidará el viento ninguna voz
ni lo orilla perderá su forma
bajo las manchas de rosas.
Sería vano encadenar los lamentos
bajo los escombros,
escupir hojarascas de fuego
sobre los culpables.
Sería inútil quemar el pasto verde
de los ojos mutilados y de los oídos ciegos.
La abierta herida no sanará jamás.
¿Qué le diré a la noche
cuando empiece a oscurecer?
¿Y al silencio que es zumbido?
¿Que le diré al polvo que lame las estrellas
en el atardecer?
No tengo cara, ni pies, ni flores.
No guardaré minutos de silencio
en este largo y agonizante grito.
La vida se va, se queda;
sumerge su ruina y florece inconclusa,
sin aire, y sin voz.
Pablo Ríos
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“ La lluvia
Se ha fijado en mi,
en lo tosco y pesado de mi sombra.”
Juan Marino
Cuando llueve
La lluvia duele cuando cae al suelo,
parece un canto a las viejas heridas
que colman la tierra.
Es un yo que se niega a sí mismo,
a su noche y a su precipicio.
Duele la lluvia en espacios moribundos,
con golpes sin gracia en el mismo lugar.
¡Esperanza caída!
Intento vano de reencontrar la fe.
El dolor llega como rayo estruendoso
como grito que vuela ya sin vida al cielo.
Y yo, cuando llueve,
me envuelvo en mi sombra y espero.
También perdí el camino
para volver al mar.
J. Francisco Moreno M.
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